Admitiendo
que esto no sirve de nada,
que es pura palabrería,
que no va a cambiar el mundo
ni tan sólo una molécula,
que van a seguir muriendo
los mismos muertos de siempre
(e incluso los demás),
que los mismos desalmados
seguirán chupando sangre
en cadenas de montaje,
que no nos caerá el gordo
por tan sólo cinco números;
que morirán diez personas
por accidentes de tráfico
en este fin de semana,
que la chica de la Rambla
no va a soltar su guitarra
para pasear conmigo;
que entre víctima y verdugo
sólo media una pistola de distancia;
que mi zapato lo ha hecho
un niño descalzo en Marruecos;
admitiendo, digo,
todo lo anterior expuesto,
no puedo negar que albergo
cierto incierto sentimiento
curiosamente cercano
a, digamos,
la felicidad.
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