y de repente pasas por delante
con ojos y tobillos preocupados,
y un rizo suelto marca el ritmo allegro
del tango de tus pasos;
y entonces apareces en el metro
e intentas esconderte tras un libro
durante tres paradas
y sin cerrarlo saltas y te escapas,
y estabas en un banco,
magnífica entregándote a los besos
del sol y de los ojos apurados
de pobres peatones despistados;
y te vuelvo a encontrar, en una barra,
sudando tras la barra,
brillando tras la barra,
estrella del sistema de la barra,
centro de tu universo ptolemaico;
y ahora estás descalza,
sonriendo mientras suena una guitarra,
tu fuego dibujando movimientos
hiptonizantes
curvos
espirales
amenazantes
imposibles
mágicos.
Te veo en todas partes:
sembrando de luciérnagas la noche,
pintando claros al cielo nublado,
lloviendo flores entre los escombros,
minando con sonrisas el asfalto,
dejando caramelos en mi puerta,
enviándome postales entre el tráfico.
Besándome en la nuca mientras duermo
el sueño del amante solitario.
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